diciembre 14, 2009

La humildad de la Iglesia

Esta es una historia que me contaron hace algún tiempo en una clase de teología dictada por un padre de la teología de la liberación. Si bien la historia posee su estructura e idea original, le cambié algunos datos porque no la recuerdo al pie de la letra.

Se dice que en una parroquia pequeńa de un pueblo no muy pequeńo, cada día se daba la misa a las 11 de la mańana. Como era costumbre, asistían a tal ceremonia varias mujeres muy religiosas así como hombres y cada vez menos jóvenes.

La ceremonia era como cualquier otra, sin cambios en la estructura de una misa común y corriente. Lo que hacía peculiar a esta misa era el momento de la comunión.

A la hora de realizar la comunión, más de la mitad de los feligreses que presenciaban la misa iban a recibir el cuerpo de Cristo pero también todos los días de misa de 11 ingresaba una limosnera sólo a recibir la Hostia, comerla y luego salir de la Iglesia para volver a su puesto para volver a mendigar.

Dicho acto, el de ver comulgar a una limosnera que no presenciaba la misa, que posiblemente no se había confesado y que probablemente no sea católica, enfadaba a varios feligreses ya que veian su comunión como un acto de ofensa hacia la Iglesia. En cambio, para el sacerdote ese era un acto natural ya que él muy gustoso "invitaba" del cuerpo de Cristo a dicha limosnera.

En una ocasión, el Obispo de la región, quien estaba de pasada por el pueblo fue a presenciar la famosa misa de las 11 de la mańana y fue grande su asquedad al ver que una limosnera sea acreedora a un trozo del pan que se ofrecía en aquella ceremonia sin haber participado enteramente de ella.

Para aumentar su estupor, muchos feligreses expresaron su molestia y agrandaron la molestia del obispo al contarle que ese acto ocurría todos los días y que el padre siempre estaba gustoso de hacerlo y que esto se inició gracias a una invitación personal del padre.

Como era lógico, con toda la rabia acumulada de los feligreses, el obispo fue a increpar al sacerdote para sancionarlo ante tal acto deplorable para la Iglesia. Nunca había existido un acto de tal magnitud y este acto debía ser sancionado con la ley canónica.

El padre defendió su postura mencionando que él insistió muchas veces a la limosnera a recibir el cuerpo de Cristo asegurando que esa hostia, ese pedazo de pan sin levadura, posiblemente era el único alimento que dicha mujer se llevaba a la boca diariamente y que si se lo permitían, él lo seguiría haciendo una y mil veces.

El obispo salió de la reunión muy disgustado y se fue del pueblo. A los pocos días llegaba una carta del obispado a la parroquia anunciando la destitución inmediata del padre y la suspensión definitiva de las misas de las 11 de la mańana.

Esta historia es un reflejo de lo que representa gran parte de la Iglesia Católica Romana comandada por un Estado multimillonario que posee a millones de feligreses que estan pasando hambre en varias regiones del mundo.

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